viernes, septiembre 29, 2006

Malestares, pensamientos y otros monstruos que habitan bajo llave.
(Por: Ana F. Ruíz G. / Silent_Natasha)

Es increíble la cantidad de monólogos que se han quedado en el aire, grandes teorías dichas al muro vacío y otras no tan relucientes respondidas solo por el eco del propio volumen.

Reclamos de justicia con el cuello apretado y la lengua ahorcada. Exigencias de reconocimientos por la sola existencia que se van por la ventana. Imposible conseguir una mirada sin dar o hacer nada por otro individuo.

Pero aquí viene el primer pensamiento de contradicción, he dicho que no se consigue mirada alguna sin hacer algo que la provoque, pero no es haciendo algo bueno y provechoso que nos da una fugaz pupila posada en nosotros, sino que cuando se obra del mismo modo en que se nos ha mostrado recibimos no solo un par de pupilas sino también una lengua, un respingo y la iniquidad. El muro cobra vida...

La llave que cae.

Lentes de incontables graduaciones de aumento siguen nuestros pasos al obrar recíprocamente y el miedo, si ese mismo, sale a cobijarnos (aunque en cierta forma no actuamos con impulso propio sino porque se nos ha empujado a ello,) con los brazos de la pena, el encono, el temor encarnado y el silencio.

Este solo es el primer paso, el suficientemente grande y frágil para dejar salir del encierro tantos monstruos como poros poseemos.

Hace frío y tengo miedo.

El más grande de los horrores a los que se enfrenta el hombre es la soledad. Aunque no sé cuántas veces he leído, escuchado, pronunciado y demás que el ser humano nace solo, vive solo y muere solo, cuánta falacia. Imposible creerse solo en todo el contexto de la palabra: el aire y las plantas no pueden ser ignorados, los animales desde el ínfimo ácaro hasta el ave que se escucha cantar al alba y demás evocaciones son parte del ambiente del hombre y es por ello que no se está solo. Imposible.

No hay más fantasmas que los que se desean ver, no hay espíritus ni demonios ni dioses que nos socorran o maldigan, puesto que eso mismo el hombre crea y es él mismo según su esfuerzo. Creamos seres para justificar, cubrir nuestros errores y acciones e incluso asombrarnos puesto que el mundo ya ha sido explicado, rebanado, examinado y descompuesto desde la composición de su atmósfera y más allá hasta cada mineral de sus entrañas... Nada queda para maravillar, intimidar, exterminar salvo el propio ser humano o mejor dicho la mente de este.

Así como las células se descomponen en dos y éstas a su vez en otro par infinitamente, la mente tiene el poder de desprender de sí mundos, ideas e infiernos tan distintos que es incalculable saber hasta donde terminan, pues aunque la mente procreadora de la idea fenezca la semilla ya se ha incrustado en una más joven y con la capacidad de reproducirse. Las ideas son fuerza y esta fuerza no tiene medida, es el encanto que nos aterroriza.
El muro vacío. Observa y gruñe.

Infinito es el conocimiento, inacabable la creación y la miseria. Ya conocemos el muro que nos circunda, conocemos cada palmo que desconocemos; el muro crece hasta perderse en la distancia, para dejarnos en una libertad temporal e ilusoria que respiramos a bocanadas y escupimos en escorpiones que nos sitian al bajar la guardia.
El muro oye nuestro parloteo sin cesar, no hay respuesta y los sonidos se pierden contra su espalda sin importar que las palabras emergidas nos hayan perforado la boca cosida con canevá y cáñamo. Sin importar que nos desangremos en el camino. Síndrome del muro vacío, el dolor de la ignorancia se hace presente, nace el encono, y el muro se erige tres mil metros más alto. Las ideas, aunque de naturaleza casi inmortal se destruyen contra sus piernas.

Mil y un discursos caídos y no hay quien se moleste por colocar la fecha del deceso. Un ojo entre el dedo gordo de mi pie izquierdo y la tierra de cementerio... El muro ha mostrado al fin su ojo, la ira se ha desatado y su garganta emite un bramido que encoge mi ser.

Soporta, no más reproches.

Me declaro el ángel que se apuñala las muñecas, el mártir más bien villano que conspira contra el derredor. Besa mi calavera como la canción que amortigua el grito interno que no desea más destrucción que no sea el del ser mismo, Una tumba, poca tierra, no recuerdos, no resentimientos. El muro permanece en alto y su boca ha sentenciado lo que nos sepultará en el limbo

No más reproches, no más. No más gritos silenciosos y no más temblor en los labios. Rendición perpetua, se acabaron las bajas. No hay más fénix... Y lo que comenzó como un razonamiento interno se ha tornado como siempre y para siempre en el reflejo de un desahuciado espectro.

Adiós y buenas noches.

La poesía se quedó en el fondo del recipiente llamado cuerpo, se pudre en estertores y con réquiem modernos de ira se adelanta a la razón que aún pelea pese a saberse derrotada.

Liberación es la súplica, y el monstruo al que más temo no solo palpa, respira; no solo se alimenta sino que muestra sus muecas entre la sombra y el reflejo. El monstruo al más temo es que encierra mi mano diestra y se ibera en la siniestra con nuevas marcas, añejas marcas, nuevas batallas y guerras finadas.

No hay más dioses, ni conjeturas. El cerebro estallará y la tierra su alimento obtendrá, es un ciclo que se cumple sin importar cuánto se diserte sobre su diversidad. Hace frío y tengo miedo. Adiós y buenas noches, mejor no dejar pendientes y solo apagar el reproche.

Y este al fin será un epitafio que no será recordado: Adiós y buenas noches, los malestares cesaron por fin me habré liberado.

Fin.

1 comentario:

Malery (Mary Lee B.) dijo...

Un saludo muy grande, pese a que no pude volver a entrar a estigia, me encuentro con sus letras de nuevo, un honor. Y de nuevo los caminos que se dibujan en medio de sus escritos son hermosos.